Hasta la reforma agraria instaurada por la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado (1968-1975, período conocido como Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas), Máncora era una hacienda. El fin de la estructura latifundista dio lugar a una comuna campesina cuya principal actividad sería la pesca; de hecho, el hospedaje que me acoge solía ser en otros tiempos un saladero de bacalao. En las últimas décadas la economía derivó hacia el turismo, así nacional como foráneo, y al amparo de una cierta autonomía legal se convirtió en un balneario en el que las drogas nunca escasearon ni la fiesta parecía tener fin. Es en este contexto que sufro uno de esos encuentros y reencuentros que se suceden en la ruta con notable constancia. Caminando por la calle principal del pueblo —la carretera—, reconozco un automóvil apodado El Sapo, un Renault 12 de 1973 con matrícula argentina, y enseguida recuerdo al dueño, un bonaerense simpático y activo, de baja estatura y nariz de gancho, inteligente y conversador, que recorre Sudamérica en ese cacharro verde. Lo conocí hace unos meses en Ecuador, en una reunión con otros argentinos, y enseguida me pareció inhabitual. Pero eso me alegra reencontrarlo aquí.
Gracias a este amigo conozco a los chicos del Circo-Combi, quienes viajan también desde Argentina presentando su espectáculo callejero para solaz de los infantes de cada localidad en la que paran. Así viajan, así viven. Ese es su trabajo. No es mi vida pero comparto su entusiasmo a plenitud, comprendo su necesidad de compartir. Por alguna razón, quizá por nomádica pertenencia, en cada pausa del camino congenio de inmediato con artesanos y artistas de la calle, entes habituales en pueblos y balnearios como éste. Por lo general las autoridades les permiten ejercer el oficio con total tranquilidad, pero a veces…
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Toda actividad policial es por fuerza conflictiva; en ocasiones con razón y en otras despojada por entero de ella. Aquí, en los últimos días, he presenciado algunas de las actitudes más estúpidas y autoritarias del último año, sobre todo por tratarse de un pequeño poblado en principio acogedor y tolerante. Mientras ayudo a los cirqueros a montar su modesto escenario aparece un policía con complejo de disco rayado: «¡No, no, no, no, no! No pueden hacer su espectáculo en la vía pública», y de inmediato me pregunto dónde diablos, si no en la calle, habrían de actuar los artistas callejeros. El payaso principal, un flaco de lo más divertido que hace reír a chicos y grandes, encara al policía y le recuerda que su trabajo está destinado a los niños del pueblo, justo el sector social más desamparado en términos de entretenimiento organizado. El azul no sale de sus trece y vuelve a rayarse: «No, no, no, no, no», y esta vez llego a la conclusión de que sus padres, de niño, siempre le dijeron: «No, no, no, no, no». La discusión se acalora un poco, pese a que el flaco intenta contemporizar: «Convengamos en que hay leyes estúpidas», y el policía, rojo pero de cólera, revira: «Ustedes deben respetar las leyes del país». Siguiendo esta lógica, pienso, estaríamos todavía en tiempos coloniales; si nadie cuestiona la legislación vigente seguiríamos estancados en un pasado del que evidentemente aún no hemos salido del todo, pienso. Para colmo, se acerca un artesano a quejarse de que a él tampoco lo dejan vender su trabajo y el policía, ebrio de desagradabilidad, responde: «Tú ni hables, que no eres más que un ecuatoriano de mierda»…
Los artesanos están indignados; todos viven al día y todos sufren, en el sentido más inmediato del término, la veda a que han sido confinados. En el fondo, resulta obvio que son los vendedores legales los que exigen sacar a esos deleznables ambulantes y medio gitanos. Por un instante imagino una horda de hippies y rastas postmedievales, armados con pinzas, martillos y cadenas, al asalto del ayuntamiento, de la comuna. Pero sé que es imposible: todos son unos malditos pacifistas que creen en la no-violencia y otras tonterías con las que en general concuerdo, siempre y cuando no implique poner la otra mejilla ni dar las nalgas. En la noche, al llegar a la playa, veo a otro artesano lleno de heridas, sangrando, y llegan seis policías y entre todos lo cargan y lo tiran a la caja de la camioneta como si fuera un animal recién cazado. Arrancan a toda velocidad y me voy tras ellos, a pie, hasta la estación de policía, pero ahí no hay nadie. Supongo entonces que se lo llevaron por la carretera para tirarlo lejos del pueblo. La cosa me pone de peor humor.
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Me encuentro con un ex comandante de la policía local y de inmediato nos hacemos amigos. Tiene mi edad; fue soldado del ejército peruano y combatió en la guerra fronteriza del 95, aunque ahora, ya retirado, trabaja para una compañía de seguridad privada cuidando un hotel. Le pagan 30 soles por jornada y otros 20 por tener su propia arma, una pistola calibre 380 que le costó 1500. Pasamos la noche hablando; le cuento lo que he visto y él mismo se indigna: «El problema —dice— es que la actual fuerza policiaca ha dejado de proteger a la ciudadanía para defender al empresariado. ¡Que los comerciantes paguen seguridad privada, si ganan como locos!». No deja de sorprenderme el hecho de que un antiguo soldado y ex policía tenga un discurso tan antimilitarista y antipoliciaco: «La disciplina y las reglas del ejército y de la policía no deben aplicarse a los civiles —insiste—; esas son para ellos, para nosotros, no para ustedes», y no puedo sino admirar su subversiva civilidad. Es honesto al narrar la corrupción que vio y vivió, de la que fue partícipe también. Esa honda manera de ser honesto, sin vanagloria ni falsa modestia me conmueve justo por no ser hipócrita. La corrupción somos todos, de lo contrario no es. La corrupción es omnipresente y omnipotente, como dicen que es don Dios o doña Natura. Como el Estado y el capital.
El ex policía, al narrar el larguísimo conflicto con Sendero Luminoso y con el MRTA, suelta un aserto anarquista: «El problema es que los revolucionarios olvidaron que la lucha es contra el poder, no por el poder», y con harto agrado brindo por tan fugaz y honroso encuentro. ¿Quién es más revolucionario, me pregunto, los reaccionarios de izquierda que aspiran al estatismo más monárquico o este retirado servidor de los aparatos represivos del Estado que sabe que el problema es el Estado mismo y el poder que en sí mismo conlleva? «Ollanta Humala —continúa— es el primer presidente de nuestro país que no pertenece a las clases dominantes, pero al acceder al poder se convirtió él mismo en parte de esas clases. No hay marcha atrás en ese proceso», y me sorprendo una y mil veces más con este guardia armado que sí entiende la dinámica, la dialéctica del poder. Lo comparo con mis amigos izquierdistas y… bueno, ¿qué podría yo decir a favor de aquellos? Luego, como colofón, me conecta con el mejor vendedor de sustancias ilegales…
La corrupción, decía, no puede negarse sin caer en la más vulgar de las hipocresías.
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